El mal lenguaje es consecuencia de la falta de lectura, también de la escasa preocupación que existe en una gran mayoría de hogares por superar estas deficiencias en los hijos; asimismo, contribuyen a esta realidad un sistema escolar insuficiente y poco creativo y el descuido creciente por el idioma de algunos de los más destacados líderes de opinión, quienes se desenvuelven en la actividad pública con un vocabulario precario y pedestre. Se suma a este panorama, un número creciente de corporaciones y empresas, tanto públicas como privadas que, para llamar la atención de la opinión pública, utilizan expresiones de moda que pecan de la más amplia variedad de errores de dicción, articulación, acentuación y estructura sintáctica.
Las personas van perfeccionando lentamente su manera de comunicarse mirando y escuchando con atención. Respecto de esta observación, resulta curioso que las personas que tienen buena ortografía, muchas veces sean incapaces de enumerar las reglas gramaticales más simples; sin embargo, escriben y hablan bien. La explicación está en sus lecturas y en las personas con las que se rodean. En un artículo de la revista española Bytes titulado De aquí y de allá se afirma que hablar bien no consiste en aprender gramática, sino en leer buenos autores.
El peligro de la escasez de vocabulario, que se puede convertir en un defecto social crónico, podría traer como consecuencia en las generaciones futuras una incapacidad para articular ideas de cierta complejidad.
Héctor Velis-Meza






